Quién es Madrid

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Madrid es mi familia, que nació en Mérida –menos mi tío Mariano, que nació en Villada, donde las pipas Facundo. Madrid es mi vecino Nacho, jugador de baloncesto y nacido en Cantabria. Madrid es Odei, el entrenador más divertido del gimnasio. Por cierto, nacido en Eibar y fan número uno de su equipo de fútbol. Madrid es Joaquín Sabina porque sí, porque le da la gana. Es Madrid y es Tirso de Molina.

Madrid es mi amiga Nini, que nació en Guayaquil y tiene pasaporte gringo. Nadie sabe más de jazz. Es el buen gusto de la música y una buena amiga. Madrid es Nuria, Madrid es Jordi. Madrid es Yazmina, que siempre lleva collares bonitos y nació en Galicia. Madrid es la guapísima Cristina, natural de Sevilla y olé.

Madrid es mi Juan Marajito del Kapurtala.

Madrid es Aaron. Es Madrid y orgullo de Vallekas, con K de Karabanchel, barrios rockeros y trabajadores.

Madrid es Brenno, es Bernadetta, y Salamanca, y Venecia y Polonia. 

Madrid son los bocatas de calamares. Madrid es mi hermano, que vive en Noruega.

Madrid soy yo, que nací en Gijón.

Barcelona es Raquel, una profesional como la copa de un pino que quería muchísimo a su Yaya, que se acaba de ir hace unos días y le duele esa ausencia. Barcelona es Carolina, una mujer fuerte, de risa clara, de corazón puro que intenta enseñar a sus hijos los valores de la familia con su ejemplo y su trabajo.

Barcelona es Maisa, psicóloga infantil y madre de familia, Barcelona es Laura, forofa del barça a muerte y también madre. Barcelona es Virgi, cuyo marido se rompió el gemelo este verano y lo pasaron mal. Barcelona es Gloria, amiga y hermana, luchadora, inasequible al desaliento. Presente siempre.

Barcelona es Pat, a quien descubrí en Madrid.

Barcelona es Blanquerna, Alma Mater. Y las bravas del Mandri. 

Barcelona es Carlos, mi profe de filosofía, Joan Antoni, mi primer amor. Xavi, Joan Francesc, Patricia y tantos otros, mis hermanos, con los que comparto valores de igualdad, de tolerancia, de fraternidad, libertad y respeto.

No creo que ninguno de ellos me vea escondida en un camino, trabuco en mano -a lo Curro Jiménez- y dispuesta a asaltar a nadie. Lo sé, me consta. Porque ni mi corazón ni los suyos entienden de otra cosa cuando lo que está en juego es la amistad.

Los corazones hermanados no tienen más bandera que la de la fraternidad y el respeto.

Todos mis amigos y yo trabajamos muchas horas, muchas. Parte por obligación, parte por devoción. Porque así nos han enseñado. Porque Madrid y Barcelona también son trabajo. 

Me siento afortunada de pagar impuestos porque, como dice mi santa: “Según es el burro, así es la albarda” y porque soy una fiel creyente en la Res Publica. Y cuando los pago no me pregunto si van a Murcia o a Valladolid porque la solidaridad, la convivencia no entiende de fronteras de ninguna clase.

Escribo estas letras esta mañana porque me siento triste y preocupada. Porque veo una fractura entre familia, entre hermanos, entre amigos. Y yo sé que a mis amigos no les pasa. Pero lo cuento porque, a lo peor, a ti sí. Y sé lo que significa que se te rompa el corazón.

Cuando los amigos se enfadan lo hablan, llegan a acuerdos, acercan posturas.

Cuando el amor manda no habla de política, habla de emoción.

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Sal de mi vida

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El amor es una sustancia, un soluto, una sal que se precipita en el fondo de un matraz al enfriarse.

Pareciera como si el amor fuera calor, ardor y fuegos artificiales, pero es más bien tibieza, esa temperatura del tiempo a la que se quedan los guisos largo tiempo cocinados, a fuego lento, poco a poco, removiendo de tanto en tanto, probando, rectificando de sal.

El amor es, definitivamente, una sal. La sal que potencia los sabores, la sal que conserva, el salario de la vida. Gusto y sentido, tacto y sonido de las cosas hermosas, olfato con el que afrontamos el día.

 Y el corazón, la casa de la palabra, memoria de los besos.

Sal que derrite el hielo de los corazones endurecidos, sal que restaña las heridas, sal que relaja los músculos. 

Sal que es moneda de cambio, que provoca guerras y firma la paz definitiva. La capitulación del espíritu bajo la mordaza de su amor, su sal y la de la mujer de Lot, inmóvil, con la cabeza en contraposición al cuerpo. Los pies hacia la virtud y la mente hacia el deseo.

Sal de las ofrendas. Sal del perdón. 

Sal que acelera y mata el corazón.

Dime ahora que no amas, sal de la putrefacción, sal dura y sin sabor. Ya no eres tierra ni eres don.

Sal, sal, sal 

Y no regreses, amor salado, moneda de la traición. 

Medusas

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La vida no es muy importante si eres una medusa.

He leído hace poco que hay medusas inmortales, que se regeneran o algo así. No sé como lo hacen pero la cosa es que no se mueren, lo cual convierte la vida de las medusas en un coñazo.

Admitámoslo: lo que le da interés a la vida no es otra cosa que la muerte. Porque si viviéramos para siempre ¿Quién querría crear nada? Total, no está en juego tu supervivencia y siempre puedes dejar para mañana lo que sea que vas a hacer y por lo que te recuerden tus herederos. Andaaaaaaaa, que no, que no vas a tener herederos porque no te vas a morir. Y nadie nos va a echar de menos, si acaso, nos van a echar de mas.

Supongo que con eso de la inmortalidad se acabarían los mitos. No en plan mitología de Zeus y tal, sino en plan James Dean o Marilin Monroe. ¿De qué iba a vivir Facebook sin esas frases atribuidas siempre a algún muerto? –O al Dalai Lama- Pues de nada. Y seríamos todos una panda de gente aburrida, sin metas, haciendo el cabra todo el día. O lo que es lo mismo: Sin hacer nada.

Nadie se preocuparía por tener un mundo más justo o más limpio, o mas… Nada. Lo que me lleva directamente a la afirmación de que la inmortalidad nos convertiría en unos hijos de puta irresponsables. Así. Y en tanto que hijos de puta (Cuyas madres son unas santas, con toda certeza) e irresponsables, a lo que nos dedicaríamos es a hacer la puñeta a los demás. Porque eso sí que es un fin divertido: tocar las narices al vecino.

Y si no que se lo digan a mi hermana, que tiene un vecino loco que se pasa la vida al teléfono, amenazando a diestro y siniestro. Es algo así como el “Teleoperador del terror”. –Vayan tomando nota los de los parques temáticos o los directores de películas de serie B que ahí tienen un filón. Doy fe.

Bueno, a lo que iba, que se me va la olla. Si fuéramos inmortales seríamos malos, chinchones e irresponsables: todo un dechado de virtudes.

Así que no os preguntéis más por qué las puñeteras medusas tienen que ir a las mejores playas, las de aguas cristalinas y templadas para pegarte un ramalazo mientras nadas tranquilamente y jorobarte las vacaciones. Sencillamente es que no lo pueden evitar: Son inmortales.

Todo esto no es aplicable a la medusa de Vesace. Por cierto, la encuentro bastante hortera. Igual tiene que ver con el hecho de que viví en un piso que tenía un sofá así como de Versace, con más mierdecica encima que el Garito de la Teles (Esto sólo es para mi hermano y mi cuñada, que lo van a entender. Yo a la Teles esa, ni sé quien es ni la conozco, pero creo que tenía un local que para limpiarlo había que ir poniendo banderitas de golf para ver por donde iban). No me enrollo más. Lo dicho: las medusas son unas cabronas porque son inmortales y ya está.

La cosa cambiaría si hablásemos de moscas o libélulas. Pero de eso hablamos otro día, que la entomología no es mi fuerte. Yo en lo que estoy puesta es en medusas.

 

 

No me llames hortera si me gustan los Pecos

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No sé si era antes o después del cimbalillo el programa de canciones dedicadas. 

Siempre era la hora de comer. Las escalas del piano de María se colaban por el patio de luces. Pero daba igual, subíamos la radio para que nada profanase ese momento delicioso: nuestra canción. 

Casi llevaba una batita de cuadros rosa o verde. A mí me parecía la chica más guapa y más moderna del mundo. Recuerdo perfectamente su cara de quince, de dieciseis o diecisiete años. Los pantalones vaqueros ajustados, los botos camperos y esa cazadora tan de moda a finales de los setenta que era como de tela de saco. Yo quería una para ser tan guapa como Casi. 

El locutor de siempre empezaba con las dedicatorias “a Juanita en el día de su cumpleaños de parte de sus tíos Domi y Eusebio, que la quieren” “A Pati de parte de quien ella sabe” “para feli…” Casi y yo aguantábamos la respiración, nos mirábamos cómplices y cruzábamos los dedos. Sonaban los primeros acordes… “Yo no quiero ser aire que alborote tu pelo…” La cocina, el sol que entraba por la ventana y hasta las escalas de María eran una fiesta. 

Nos poníamos a bailar y cantar a voz en grito.

La comida, el colegio, el piano de María. Todo daba igual. La cocina era la locura y alegría, donde todos bailábamos, contábamos. Una fiesta en la que éramos tres rubios de rodillas desolladas y una cuidadora adolescente. Éramos tres personas ajenas y felices durante apenas tres minutos. 

Y te atreves a llamarme hortera por qué me gusten los Pecos? Ese era el verdadero himno de la alegría a mis doce años.

La Infantería de Marina y las Ostias consagradas, con perdón

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Mes de marzo en Villaequis. Empieza a salir tímidamente el sol y los chiguitos andan con ganas ya de veraneantes, pipas en la escalera de la plaza, frente al quiosco de “La Asun” y cuerpos medio desnudos al aire, libres de protección solar y preocupaciones.

En esas ensoñaciones andaba Periquito Tocino cuando entró en la clase Don Taciano, el cura del pueblo, para avisar que la catequesis de esa tarde se haría en la iglesia de San Fructuoso, en lugar de la sacristía de Santa María.

Iba a ser ese un mayo de comuniones en el pueblo. Andaban los chiguitos alborotado,s pensando, más que en el sagrado sacramento, en las merendolas y los pasteles que se iban a comer con motivo de tan magna celebración.

Periquito ansiaba más que ninguna otra cosa comerse uno de esos merengues de colores que lucían en el escaparate de Bombón, donde siempre pegaba la nariz hasta que el viejo pastelero salía blandiendo una escoba y quejándose de las babas del escaparate. – ¡Qué buen Dios! -exclamaba Bombón, ¡Qué buen Dios, Periquito! dile a tu madre que te dos reales y así dejas de babearme el escaparate, ¡cojones! que me los vas a desgastar.

Felisa, la siesnoes, madre de Periquito era una mujer lista como un conejo. Viuda desde los 23, con un chiguito en cada cuadril se quedó la Felisa la noche que Ramón Tiriti se cayó al pantano en la última borrachera.

– Como burro que le quitan la albarda te has quedado, Felisa -le decía Don Taciano.

– Pero hombre de Dios, cómo se le ocurre a usted decir esas barbaridades.

– ¡Coño! pues porque es verdad, Felisa, que más vale vestir santos que desvestir borrachos, ya te lo decía tu abuela y tu erre que erre, vas y te casas con el Tiriti que, además de borracho no pegaba palo al agua. Eso si, el jodido te hizo dos hijos -Que son unos querubines, Dios los guarde- pero te los hizo en un abrir y cerrar de ojos. Que con la barandilla del pantano no atinaría -Dios lo tenga en su gloria- pero hija, contigo se lució.

Lo cierto es que Felisa, la “Siesnoes” sólo tenía una idea en mente: volver a casarse con un hombre de bien, de la capital y con negocio propio a poder ser. Y para ello se había convertido en una maestra del aparentar, una maga que sabía convertir las pesetas en duros o, aunque no lo hiciera de forma real lo hacía en apariencia.

Mucha sardina se comía en casa de la Siesnoes, mucha patata sin nada y mucho tocino con pan para que los hijos, Periquito y Manolín tuvieran ese lustre que sólo tienen los ricos. Esas carnes fofas y blancas que nunca se exponían al sol.

No iban Periquito y Manolín con los chiguitos de merienda a la parva del río, ni a coger moras, ni a bañarse en el pantano. Pero salían a la calle que daba gloria verlos, que parece que venían siempre de misa mayor. La Siesnoes se daba mucha naña con la Singer de su madre para hacer, deshacer, cambiar cuellos, modernizar y rehacer lo que hiciera falta. Sólo necesitaba un retalillo, unos alfileres, hilos de hilvanar y la Singer para salir a la Plaza del Rollo como si fuera una actriz de cine, que parecía la mismísima Raquel Meller.

Enfilaba Periquito Tocino la calle para ir a la catequesis de la mano de su madre, la Siesnoes, cuando vieron -mejor dicho, vió- así como de refilón, en el escaparate de las Novedades Doyague, en la esquina de la Plaza Mayor, un traje de marinero, que digo de marinero, que eso era de almirante del estado mayor por lo menos. Con sus galones, sus cordones dorados de colgando a un lado, los adornos de los hombros con esos flecos que casi tintineaban, como los cristalitos de las lámparas que Doña Maximina tenía en su casa. Eso sí era un traje para hacer la comunión como Dios manda. Y para salir en la procesión del Corpus, que para ese época ya venía mucha gente de posibles de la capital. A ver quien era el guapo que se atrevía a mirar a la Felisa por  encima del hombro otra vez. La pobre viuda del borracho.

Petrificada se quedó la Felisa en medio de la plaza, que ya estaba dándole al magín a ver cómo podía hacerse ella con ese traje.

-Vamos madre, tiró Periquito de la mano de Felisa. Vamos, que si llego tarde, Don Taciano no me dejará hacer de monaguillo el domingo y me quedo sin la paguita.

Llegaron hasta la misma puerta de la Iglesia de San Fructuoso, donde les estaba esperando Don Taciano.

– Hombre, Felisa, a ti te quería yo ver

– Usté dirá, Don Taciano

– Mira Felisa, ya se yo que tu, con lo apañada que eres, para la comunión de Periquito le vas a hacer un traje con todos los amenes, pero yo, la verdad hija, es que preferiría que los chiguitos fueran así, como de domingo, sin más alamares, que para recibir a Nuestro Señor no se necesita más que un corazón limpio. Que luego, si hay mucha diferencia entre ellos, pues ya sabes cómo son las gentes de por aquí, que no les va a sentar bien.

– Claro, claro, Don Taciano, tié usté toda la razón. Al chiguito le apaño yo con el pantalón de los domingos y una camisa bien planchada y almidonada y va la mar de bien, diga usté que sí. Y mientras, para adentro rumiaba la Felisa: estás tu listo, curita, si te crees que voy a dejar que mi Periquito vaya a comulgar de cualquier manera, para que todo el pueblo lo vea y se piense que somos unos andrajosos. ¡Aunque me tenga que quitar el hambre a pedradas!.

Don Taciano, que me tengo que ir, que voy a bajar a la huerta con mi suegro a ver si sacamos unas acelgas. Giró sobre sus talones y se fue prácticamente volando a la tienda de Don Ruperto.

Don Ruperto Doyague regentaba junto a Doña María, su mujer, la tienda de Novedades del pueblo. ¡Tenían unas cosas! la última moda. Lo traían todo de Valladolid y hasta viajantes de Madrid. Las mejores telas, la mayor variedad de hilos -hilaturas Fabra y Coats decía el mueble de madera lleno de cajones diminutos. Había botones de todos los tamaños y colores. Te prestaban los patrones, te dejaban mirar las revistas, esas que estaban escritas en estranjero y que venían nada menos que de París de la Francia. Novedades Doyague era el paraiso en medio de la llanura castellana.

Don Ruperto, el dueño, era el hombre más singular de la comarca. con su bigote tan bien arreglado y la cara como recién dada de crema, oliendo limpito a Ponds y jabón de olor. Esos ojillos claros que miraban con inteligencia y oficio.

Llevaba bastón con empuñadura de plata y no era cojo. Llevaba el bastón como un señorito, como un alcalde la vara de mando. Y tenía un anillo con un diamante de verdad en el dedo, pero uno grande, como un garbanzo, no como el de Doña Úrsula, la de la leche, que era más pequeño que una lenteja y no paraba de pasártelo por la cara. No, Don Ruperto lo llevaba con naturalidad y era un diamante diamante, como los de las películas. ¡Y tenía un pico! Más que el adobón del alcalde, Miguel el Carraspas, el Cabo Soria, Don Taciano o Don Ángel, el médico del pueblo. juntos. No había color, Don Ruperto era un dandy, así como Rodolfo Valentino, pero a la castellana.

Gracias a los ahorros de Felisa y a la bondad de Don Ruperto, que le hizo un plan de pagos, que casi parecía una hipoteca de las de ahora, la Felisa se llevó esa misma tarde -por los atrases, para que nadie la viera- el traje de almirante a su casa para subirle bajos, sacar mangas y poner adornos a discreción. Por si acaso no llevaba suficientes.

El primer domingo de mayo era la cita. El primer domingo de mayo, día de la madre, que mejor día. El primer domingo de mayo en la Iglesia de Santa María, en la misa mayor. Las campanas repicando desde las once y media. Cargados de confites los abuelos. Plumas, relojes, sellos de oro, cajas de compases y alguna bicicleta esperando el momento de la tarta y los hornazos, el vino y la gaseosa. Hasta dos botellas de sidra compró la Felisa para convidar a las vecinas del Rollo.

Fermín, el de los lagartos, aparcó la mala leche ese día y llevaba los bolsillos llenitos hasta arriba de petardos. -Que nos oiga hasta la Virgen, ¡me cagondiós!

En la puerta había ya algunos niños nerviosos, aviados de domingo. Las niñas con vestiditos blancos de organdí, el pelo con cintas blancas y tirabuzones hechos a tenacilla limpia. Mediodía en punto, la hora marcada y el sol en todo lo alto.

Periquito Tocino, por expreso deseo de su madre, bajaba tarde a la cita con el Altísimo para que todo el mundo lo viera llegar desde el rollo a Santa María, con su inmaculado traje color crema, que parecía el mismísimo Nelson. Que Felisa mucha idea de quien era el Nelson ese no tenía, pero debía ser uno de mucho empaque, que se lo había dicho Don Ruperto y eso era lo más en cuestión de elegancia y “Sabuarfer”

Don Taciano que estaba ya descompuesto por la falta del chiguito iba de un lado al otro de la puerta de la iglesia, con los niños en fila india, esperando al más alto para entrar por el pasillo central, tal y como habían ensayado. En la puerta estaba, como un león enjaulado, venga a mirar el reloj del bolsillo de segundo en segundo.

Se le cortó la respiración al ver de lejos a un rollizo alonso Enríquez, almirante de Castilla, después de haberse comido las tres Caravelas y hasta a los hermanos Pinzones.

¡¡¡Me cagondiós, Felisa!!! ¿¿¿Qué cojones tiene que ver la Infantería de Marina con las Hostias consagradas????

EL SUEÑO DE LOS JUSTOS

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Para Natalia, Juan y el resto del equipo. En justicia.

Anda este país jodido y con insomnio. Unos no duermen porque las noticias del día les asquean, otros porque no saben qué van a comer mañana, muchos, muchísimos españolitos de a pie no pueden conciliar el sueño porque se ven atrapados en trabajos mal pagados, sin garantías sociales de ningún calibre y aguantando carrete con jefes déspotas, egoístas y malnacidos que se las dan de “bienhechores”, cuando no son otra cosa que lobos disfrazados de corderos, subiéndose a la chepa de los más débiles en beneficio propio.

Así que no duerme nadie por España. Y esto me recuerda a un poema de Lorca maravilloso que habla de las noches sin sueño, de los niños que lloran tanto que es necesario llamar a los perros para hacerles callar.

Con insomnio y en silencio camina el pobre españolito obligado a aceptar sí o sí, en beneficio de terceros trabajos de mierda, donde ni se les paga en condiciones, ni se les trata con la dignidad que cada persona merece.

Y yo pienso –pensaba esta mañana- que perder el miedo es una receta que lleva a partes iguales insensatez, sabiduría y libertad. Pero quien tiene que alimentar a su prole, quien tiene un techo que pagar no puede permitirse el lujo de la insensatez por más placentera que sea la libertad.

Soy buena cocinera y sé que para que una tortilla quede rica hay que darle la vuelta para que se cocine por el otro lado. Pero parece que en esta España nuestra comemos crudo y no se voltean nunca las tortillas. Los que roban lo hacen cada día más y con más descaro. Los que mienten lo hacen impunemente y con dos cojones, sin el menor atisbo de rubor en sus mejillas. Los que se aprovechan de los demás no dejan de pensar en la forma de darle una vueltita más a la tuerca para seguir teniendo bajo el tacón al pobre trabajador, que vive a caballo entre la indigencia y la indignidad. Ese que no duerme porque no sabe cómo demonios va a llevar un plato caliente a la mesa al día siguiente.

Debería ser que el justo, el bueno y el sometido tuviera, al menos, la gracia de poder dormir a pierna suelta, pero resulta que las cosas están del revés. Las tortillas siguen cocinándose sólo por un lado y los injustos duermen como bebés.

Debería ser que Natalia no trabajase como una esclava, aguantando carros y carretas para malvivir. Debería ser que los periodistas de este país emprendieran una cruzada y denunciaran a cuantos empresarios chorizos vivan del cuento y la explotación, llevándose encima subvenciones por ello. Debería ser, en un mundo justo, que los justos durmieran y los canallas pasasen las noches en blanco buscando orfidales que les ayudaran a conciliar un poco el sueño que sus maltrechas conciencias limitan.

Este país se muere de sueño y de indignidad porque los que pueden no hacen nada y los que quieren hacer tienen las manos y los pies atados.

Pero no. Aquí seguimos, aguantando mecha, comiendo crudo y con mucho, demasiado insomnio.