Medusas

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La vida no es muy importante si eres una medusa.

He leído hace poco que hay medusas inmortales, que se regeneran o algo así. No sé como lo hacen pero la cosa es que no se mueren, lo cual convierte la vida de las medusas en un coñazo.

Admitámoslo: lo que le da interés a la vida no es otra cosa que la muerte. Porque si viviéramos para siempre ¿Quién querría crear nada? Total, no está en juego tu supervivencia y siempre puedes dejar para mañana lo que sea que vas a hacer y por lo que te recuerden tus herederos. Andaaaaaaaa, que no, que no vas a tener herederos porque no te vas a morir. Y nadie nos va a echar de menos, si acaso, nos van a echar de mas.

Supongo que con eso de la inmortalidad se acabarían los mitos. No en plan mitología de Zeus y tal, sino en plan James Dean o Marilin Monroe. ¿De qué iba a vivir Facebook sin esas frases atribuidas siempre a algún muerto? –O al Dalai Lama- Pues de nada. Y seríamos todos una panda de gente aburrida, sin metas, haciendo el cabra todo el día. O lo que es lo mismo: Sin hacer nada.

Nadie se preocuparía por tener un mundo más justo o más limpio, o mas… Nada. Lo que me lleva directamente a la afirmación de que la inmortalidad nos convertiría en unos hijos de puta irresponsables. Así. Y en tanto que hijos de puta (Cuyas madres son unas santas, con toda certeza) e irresponsables, a lo que nos dedicaríamos es a hacer la puñeta a los demás. Porque eso sí que es un fin divertido: tocar las narices al vecino.

Y si no que se lo digan a mi hermana, que tiene un vecino loco que se pasa la vida al teléfono, amenazando a diestro y siniestro. Es algo así como el “Teleoperador del terror”. –Vayan tomando nota los de los parques temáticos o los directores de películas de serie B que ahí tienen un filón. Doy fe.

Bueno, a lo que iba, que se me va la olla. Si fuéramos inmortales seríamos malos, chinchones e irresponsables: todo un dechado de virtudes.

Así que no os preguntéis más por qué las puñeteras medusas tienen que ir a las mejores playas, las de aguas cristalinas y templadas para pegarte un ramalazo mientras nadas tranquilamente y jorobarte las vacaciones. Sencillamente es que no lo pueden evitar: Son inmortales.

Todo esto no es aplicable a la medusa de Vesace. Por cierto, la encuentro bastante hortera. Igual tiene que ver con el hecho de que viví en un piso que tenía un sofá así como de Versace, con más mierdecica encima que el Garito de la Teles (Esto sólo es para mi hermano y mi cuñada, que lo van a entender. Yo a la Teles esa, ni sé quien es ni la conozco, pero creo que tenía un local que para limpiarlo había que ir poniendo banderitas de golf para ver por donde iban). No me enrollo más. Lo dicho: las medusas son unas cabronas porque son inmortales y ya está.

La cosa cambiaría si hablásemos de moscas o libélulas. Pero de eso hablamos otro día, que la entomología no es mi fuerte. Yo en lo que estoy puesta es en medusas.

 

 

No me llames hortera si me gustan los Pecos

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No sé si era antes o después del cimbalillo el programa de canciones dedicadas. 

Siempre era la hora de comer. Las escalas del piano de María se colaban por el patio de luces. Pero daba igual, subíamos la radio para que nada profanase ese momento delicioso: nuestra canción. 

Casi llevaba una batita de cuadros rosa o verde. A mí me parecía la chica más guapa y más moderna del mundo. Recuerdo perfectamente su cara de quince, de dieciseis o diecisiete años. Los pantalones vaqueros ajustados, los botos camperos y esa cazadora tan de moda a finales de los setenta que era como de tela de saco. Yo quería una para ser tan guapa como Casi. 

El locutor de siempre empezaba con las dedicatorias “a Juanita en el día de su cumpleaños de parte de sus tíos Domi y Eusebio, que la quieren” “A Pati de parte de quien ella sabe” “para feli…” Casi y yo aguantábamos la respiración, nos mirábamos cómplices y cruzábamos los dedos. Sonaban los primeros acordes… “Yo no quiero ser aire que alborote tu pelo…” La cocina, el sol que entraba por la ventana y hasta las escalas de María eran una fiesta. 

Nos poníamos a bailar y cantar a voz en grito.

La comida, el colegio, el piano de María. Todo daba igual. La cocina era la locura y alegría, donde todos bailábamos, contábamos. Una fiesta en la que éramos tres rubios de rodillas desolladas y una cuidadora adolescente. Éramos tres personas ajenas y felices durante apenas tres minutos. 

Y te atreves a llamarme hortera por qué me gusten los Pecos? Ese era el verdadero himno de la alegría a mis doce años.

La Infantería de Marina y las Ostias consagradas, con perdón

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Mes de marzo en Villaequis. Empieza a salir tímidamente el sol y los chiguitos andan con ganas ya de veraneantes, pipas en la escalera de la plaza, frente al quiosco de “La Asun” y cuerpos medio desnudos al aire, libres de protección solar y preocupaciones.

En esas ensoñaciones andaba Periquito Tocino cuando entró en la clase Don Taciano, el cura del pueblo, para avisar que la catequesis de esa tarde se haría en la iglesia de San Fructuoso, en lugar de la sacristía de Santa María.

Iba a ser ese un mayo de comuniones en el pueblo. Andaban los chiguitos alborotado,s pensando, más que en el sagrado sacramento, en las merendolas y los pasteles que se iban a comer con motivo de tan magna celebración.

Periquito ansiaba más que ninguna otra cosa comerse uno de esos merengues de colores que lucían en el escaparate de Bombón, donde siempre pegaba la nariz hasta que el viejo pastelero salía blandiendo una escoba y quejándose de las babas del escaparate. – ¡Qué buen Dios! -exclamaba Bombón, ¡Qué buen Dios, Periquito! dile a tu madre que te dos reales y así dejas de babearme el escaparate, ¡cojones! que me los vas a desgastar.

Felisa, la siesnoes, madre de Periquito era una mujer lista como un conejo. Viuda desde los 23, con un chiguito en cada cuadril se quedó la Felisa la noche que Ramón Tiriti se cayó al pantano en la última borrachera.

– Como burro que le quitan la albarda te has quedado, Felisa -le decía Don Taciano.

– Pero hombre de Dios, cómo se le ocurre a usted decir esas barbaridades.

– ¡Coño! pues porque es verdad, Felisa, que más vale vestir santos que desvestir borrachos, ya te lo decía tu abuela y tu erre que erre, vas y te casas con el Tiriti que, además de borracho no pegaba palo al agua. Eso si, el jodido te hizo dos hijos -Que son unos querubines, Dios los guarde- pero te los hizo en un abrir y cerrar de ojos. Que con la barandilla del pantano no atinaría -Dios lo tenga en su gloria- pero hija, contigo se lució.

Lo cierto es que Felisa, la “Siesnoes” sólo tenía una idea en mente: volver a casarse con un hombre de bien, de la capital y con negocio propio a poder ser. Y para ello se había convertido en una maestra del aparentar, una maga que sabía convertir las pesetas en duros o, aunque no lo hiciera de forma real lo hacía en apariencia.

Mucha sardina se comía en casa de la Siesnoes, mucha patata sin nada y mucho tocino con pan para que los hijos, Periquito y Manolín tuvieran ese lustre que sólo tienen los ricos. Esas carnes fofas y blancas que nunca se exponían al sol.

No iban Periquito y Manolín con los chiguitos de merienda a la parva del río, ni a coger moras, ni a bañarse en el pantano. Pero salían a la calle que daba gloria verlos, que parece que venían siempre de misa mayor. La Siesnoes se daba mucha naña con la Singer de su madre para hacer, deshacer, cambiar cuellos, modernizar y rehacer lo que hiciera falta. Sólo necesitaba un retalillo, unos alfileres, hilos de hilvanar y la Singer para salir a la Plaza del Rollo como si fuera una actriz de cine, que parecía la mismísima Raquel Meller.

Enfilaba Periquito Tocino la calle para ir a la catequesis de la mano de su madre, la Siesnoes, cuando vieron -mejor dicho, vió- así como de refilón, en el escaparate de las Novedades Doyague, en la esquina de la Plaza Mayor, un traje de marinero, que digo de marinero, que eso era de almirante del estado mayor por lo menos. Con sus galones, sus cordones dorados de colgando a un lado, los adornos de los hombros con esos flecos que casi tintineaban, como los cristalitos de las lámparas que Doña Maximina tenía en su casa. Eso sí era un traje para hacer la comunión como Dios manda. Y para salir en la procesión del Corpus, que para ese época ya venía mucha gente de posibles de la capital. A ver quien era el guapo que se atrevía a mirar a la Felisa por  encima del hombro otra vez. La pobre viuda del borracho.

Petrificada se quedó la Felisa en medio de la plaza, que ya estaba dándole al magín a ver cómo podía hacerse ella con ese traje.

-Vamos madre, tiró Periquito de la mano de Felisa. Vamos, que si llego tarde, Don Taciano no me dejará hacer de monaguillo el domingo y me quedo sin la paguita.

Llegaron hasta la misma puerta de la Iglesia de San Fructuoso, donde les estaba esperando Don Taciano.

– Hombre, Felisa, a ti te quería yo ver

– Usté dirá, Don Taciano

– Mira Felisa, ya se yo que tu, con lo apañada que eres, para la comunión de Periquito le vas a hacer un traje con todos los amenes, pero yo, la verdad hija, es que preferiría que los chiguitos fueran así, como de domingo, sin más alamares, que para recibir a Nuestro Señor no se necesita más que un corazón limpio. Que luego, si hay mucha diferencia entre ellos, pues ya sabes cómo son las gentes de por aquí, que no les va a sentar bien.

– Claro, claro, Don Taciano, tié usté toda la razón. Al chiguito le apaño yo con el pantalón de los domingos y una camisa bien planchada y almidonada y va la mar de bien, diga usté que sí. Y mientras, para adentro rumiaba la Felisa: estás tu listo, curita, si te crees que voy a dejar que mi Periquito vaya a comulgar de cualquier manera, para que todo el pueblo lo vea y se piense que somos unos andrajosos. ¡Aunque me tenga que quitar el hambre a pedradas!.

Don Taciano, que me tengo que ir, que voy a bajar a la huerta con mi suegro a ver si sacamos unas acelgas. Giró sobre sus talones y se fue prácticamente volando a la tienda de Don Ruperto.

Don Ruperto Doyague regentaba junto a Doña María, su mujer, la tienda de Novedades del pueblo. ¡Tenían unas cosas! la última moda. Lo traían todo de Valladolid y hasta viajantes de Madrid. Las mejores telas, la mayor variedad de hilos -hilaturas Fabra y Coats decía el mueble de madera lleno de cajones diminutos. Había botones de todos los tamaños y colores. Te prestaban los patrones, te dejaban mirar las revistas, esas que estaban escritas en estranjero y que venían nada menos que de París de la Francia. Novedades Doyague era el paraiso en medio de la llanura castellana.

Don Ruperto, el dueño, era el hombre más singular de la comarca. con su bigote tan bien arreglado y la cara como recién dada de crema, oliendo limpito a Ponds y jabón de olor. Esos ojillos claros que miraban con inteligencia y oficio.

Llevaba bastón con empuñadura de plata y no era cojo. Llevaba el bastón como un señorito, como un alcalde la vara de mando. Y tenía un anillo con un diamante de verdad en el dedo, pero uno grande, como un garbanzo, no como el de Doña Úrsula, la de la leche, que era más pequeño que una lenteja y no paraba de pasártelo por la cara. No, Don Ruperto lo llevaba con naturalidad y era un diamante diamante, como los de las películas. ¡Y tenía un pico! Más que el adobón del alcalde, Miguel el Carraspas, el Cabo Soria, Don Taciano o Don Ángel, el médico del pueblo. juntos. No había color, Don Ruperto era un dandy, así como Rodolfo Valentino, pero a la castellana.

Gracias a los ahorros de Felisa y a la bondad de Don Ruperto, que le hizo un plan de pagos, que casi parecía una hipoteca de las de ahora, la Felisa se llevó esa misma tarde -por los atrases, para que nadie la viera- el traje de almirante a su casa para subirle bajos, sacar mangas y poner adornos a discreción. Por si acaso no llevaba suficientes.

El primer domingo de mayo era la cita. El primer domingo de mayo, día de la madre, que mejor día. El primer domingo de mayo en la Iglesia de Santa María, en la misa mayor. Las campanas repicando desde las once y media. Cargados de confites los abuelos. Plumas, relojes, sellos de oro, cajas de compases y alguna bicicleta esperando el momento de la tarta y los hornazos, el vino y la gaseosa. Hasta dos botellas de sidra compró la Felisa para convidar a las vecinas del Rollo.

Fermín, el de los lagartos, aparcó la mala leche ese día y llevaba los bolsillos llenitos hasta arriba de petardos. -Que nos oiga hasta la Virgen, ¡me cagondiós!

En la puerta había ya algunos niños nerviosos, aviados de domingo. Las niñas con vestiditos blancos de organdí, el pelo con cintas blancas y tirabuzones hechos a tenacilla limpia. Mediodía en punto, la hora marcada y el sol en todo lo alto.

Periquito Tocino, por expreso deseo de su madre, bajaba tarde a la cita con el Altísimo para que todo el mundo lo viera llegar desde el rollo a Santa María, con su inmaculado traje color crema, que parecía el mismísimo Nelson. Que Felisa mucha idea de quien era el Nelson ese no tenía, pero debía ser uno de mucho empaque, que se lo había dicho Don Ruperto y eso era lo más en cuestión de elegancia y “Sabuarfer”

Don Taciano que estaba ya descompuesto por la falta del chiguito iba de un lado al otro de la puerta de la iglesia, con los niños en fila india, esperando al más alto para entrar por el pasillo central, tal y como habían ensayado. En la puerta estaba, como un león enjaulado, venga a mirar el reloj del bolsillo de segundo en segundo.

Se le cortó la respiración al ver de lejos a un rollizo alonso Enríquez, almirante de Castilla, después de haberse comido las tres Caravelas y hasta a los hermanos Pinzones.

¡¡¡Me cagondiós, Felisa!!! ¿¿¿Qué cojones tiene que ver la Infantería de Marina con las Hostias consagradas????

EL SUEÑO DE LOS JUSTOS

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Para Natalia, Juan y el resto del equipo. En justicia.

Anda este país jodido y con insomnio. Unos no duermen porque las noticias del día les asquean, otros porque no saben qué van a comer mañana, muchos, muchísimos españolitos de a pie no pueden conciliar el sueño porque se ven atrapados en trabajos mal pagados, sin garantías sociales de ningún calibre y aguantando carrete con jefes déspotas, egoístas y malnacidos que se las dan de “bienhechores”, cuando no son otra cosa que lobos disfrazados de corderos, subiéndose a la chepa de los más débiles en beneficio propio.

Así que no duerme nadie por España. Y esto me recuerda a un poema de Lorca maravilloso que habla de las noches sin sueño, de los niños que lloran tanto que es necesario llamar a los perros para hacerles callar.

Con insomnio y en silencio camina el pobre españolito obligado a aceptar sí o sí, en beneficio de terceros trabajos de mierda, donde ni se les paga en condiciones, ni se les trata con la dignidad que cada persona merece.

Y yo pienso –pensaba esta mañana- que perder el miedo es una receta que lleva a partes iguales insensatez, sabiduría y libertad. Pero quien tiene que alimentar a su prole, quien tiene un techo que pagar no puede permitirse el lujo de la insensatez por más placentera que sea la libertad.

Soy buena cocinera y sé que para que una tortilla quede rica hay que darle la vuelta para que se cocine por el otro lado. Pero parece que en esta España nuestra comemos crudo y no se voltean nunca las tortillas. Los que roban lo hacen cada día más y con más descaro. Los que mienten lo hacen impunemente y con dos cojones, sin el menor atisbo de rubor en sus mejillas. Los que se aprovechan de los demás no dejan de pensar en la forma de darle una vueltita más a la tuerca para seguir teniendo bajo el tacón al pobre trabajador, que vive a caballo entre la indigencia y la indignidad. Ese que no duerme porque no sabe cómo demonios va a llevar un plato caliente a la mesa al día siguiente.

Debería ser que el justo, el bueno y el sometido tuviera, al menos, la gracia de poder dormir a pierna suelta, pero resulta que las cosas están del revés. Las tortillas siguen cocinándose sólo por un lado y los injustos duermen como bebés.

Debería ser que Natalia no trabajase como una esclava, aguantando carros y carretas para malvivir. Debería ser que los periodistas de este país emprendieran una cruzada y denunciaran a cuantos empresarios chorizos vivan del cuento y la explotación, llevándose encima subvenciones por ello. Debería ser, en un mundo justo, que los justos durmieran y los canallas pasasen las noches en blanco buscando orfidales que les ayudaran a conciliar un poco el sueño que sus maltrechas conciencias limitan.

Este país se muere de sueño y de indignidad porque los que pueden no hacen nada y los que quieren hacer tienen las manos y los pies atados.

Pero no. Aquí seguimos, aguantando mecha, comiendo crudo y con mucho, demasiado insomnio.

Rojo, masón y ferroviaro

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Rojo, masón y ferroviario. Esos eran los tres grandes pecados de un ser humano, a juicio de Don Juan José Martínez-Campillo. Todo junto -decía- con un guión en medio.

Sin embargo, dudo mucho que Don Juan José supiera ni de lejos lo que es un masón. Yo tampoco, para qué nos vamos a engañar. Pero en esa España de posguerra, lo de ser masón, debía ser poco menos que embajador del anticristo. Lo de ferroviario… hombre, Don Juan José tuvo que sufrir que le expropiaran parte de su finca para que pasara el tren, así que lo vamos a dar de paso. Y lo de rojo es perfectamente comprensible en esa época a la que me refiero. Pero tampoco era franquista.

Ocioso, como eran los señoritos extremeños de bien y de la época, no tenía más afición que imitar a Franco para reírse de él y cortar pequeñitos los restos de la comida para dárselos a las gallinas. Eso y ponerse de punta en blanco, con los zapatos de gala para asistir a cuanto entierro hubiera en su pueblo, excepto el de Nuestro Señor, como le recriminaba su santa esposa cada año. Y volver con los pies cuajados de rozaduras, cagándose en Cristina, que Don Juan José, era hombre educado y no decía palabras malsonantes.

Le cayó en gracia la alcaldía de su pueblo. No sé bien si por política, por pelotas o por hombre instruido, leído, estudiado y “escribido” Algo debió de hacer bien, nuestro héroe porque la mismísima benemérita se cuadraba cuando le veía. Incluso cuando ya no era alcalde. Y de todos es conocida la proverbial desmemoria del Cuerpo.

Monárquico hasta los huesos, hasta recaudó fondos para comprar no sé qué cosa para la boda de Don Juan. Al pobre Don Juan José Franco le daba grima en el mejor de casos y un repertorio para divertir a su familia, porque se escuchaba los discursos de la radio para imitarlo y reírse de él todo lo que podía.

Todo tenía Don Juan José: dinero, prestigio, tierras, sentido del humor y ganas de vivir. Hasta una asignatura de Derecho que se le atravesó le regalaron cuando se casó, para que fuera todo un señor abogado Sin embargo, tuvo que asistir al entierro de su hijo Pepito, muerto durante la guerra de África. Digo bien, durante y no en la guerra de África, porque Pepito le salió juerguista y mujeriego y lo de hacer la guerra no sabemos, pero hacer el amor… Con todas cuantas mozas cayeran rendidas a sus encantos -que tenía un rato de encanto el tal Pepito- Y como lo de los condones como que no estaba muy democratizado, el joven Pepito se cogió una sífilis de no te menees que se lo llevó por delante a los veintipocos años, con toda la vida por delante, todo el futuro y apenas sin pasado se marchó Pepito, abriendo en sus padres una herida tan profunda que nunca se cerró del todo. Don Juan José se murió un poco de pena y otro tanto de vergüenza.

Un hombre nace para enterrar a un padre, no a un hijo. ¡Me cago en Cristina! -por no cagarse más arriba.

Apegado desde entonces a la tierra que compartiera primero su hijo y su esposa después, cada vez que se marchaba de viaje pasaba por la funeraria.

-Buenos días, Don Juan José, ¿qué le trae por aquí? Espero que sea sólo una visita de cortesía -que en la época se llevaba un montón. Se visitaba a las primas, al boticario, al de la tienda de telas y al barbero. Se decía lo mismo y hasta mañana, si Dios quiere.

. Nada, nada, que me voy de viaje unos días en ca mi hija y quiero saber, si me muero, cuánto costaría traerme al pueblo y enterrarme como Dios manda.

– ¡Ay, Don Juan José! No llame usted a la mala suerte, hombre, que está usted hecho un mozo.

. Si, majo, lo que tu quieras, pero a mi no me entierran en Madrid, que eso está muy lejos de mi casa.

Así que cuando le decían la suma se iba al banco, sacaba el dinero, lo metía en un maletín y eso no se tocaba bajo ninguna circunstancia, aunque de ese dinero dependiese la paz mundial.

Tacaño, andarín, austero, educado y cariñoso era Don Juan José. Yo le recuerdo desde abajo, desde la altura que proporcionan los pocos años. Arrastraba una butaca enorme para sentarlo a mi lado, junto a la lumbre, mientras compartíamos un plato de patatas a gallo que nunca he vuelto a comer. Saladas y calentitas, con sabor a aceite verde y turbio.

Un día no vino más a sentarse a la butaca, junto a la lumbre, así que pregunté por él. -Se ha ido al cielo, me contestaron, pero no me quedé conforme; bien sabía yo que Don Juan José no se iría a ninguna parte sin despedirse. Aunque fuera de un rojo, un masón o un ferroviario.

LOS OTROS PARIAS DE LA TIERRA

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Esta mañana, cuando venía a trabajar me he fijado que muchos, la mayoría de los  comercios y negocios de mi barrio estaban cerrados con carteles que anunciaban estarlo debido a la huelga general que vivimos hoy.Todo cerrado a cal y canto. ¿Todo? No, todo no. Permanecían abiertas dos cafeterías que, por cierto, estaban llenas hasta la bandera de gente con banderines de diversos sindicatos. Bueno, que me he puesto muy fina, diversos no, dos. Allí, los defensores de los parias de la tierra, de la famélica legión se estaban poniendo hasta el culo de café con porras. Que digo yo que quien les ha servido el café es un trabajador, un paria de la tierra, un miembro de la legión famélica desprovista de derechos.En la puerta de ambos negocios, también banderitas en ristre, fumaban los compañeros. Curiosamente, el estanco también estaba abierto. Me pregunto si el estanquero es un paria de la tierra o no. Porque –digo yo. ¿La categoría es excluyente? ¿Si no eres un paria de la tierra eres un patrón explotador o cómo es la cosa? Ya sabéis que yo ni de política ni de sindicatos ni de nada entiendo. Pero cada día entiendo menos cosas, la verdad. La incoherencia es moneda de cambio habitual en estos días, que ni son azules que Dios que lo pintó ni lo pintará.Estos días en que hay otra clase a la que no representa ningún sindicato. Porque, vamos a ver, existe, reconozco y respeto el derecho a hacer huelga lo mismo que existe, reconozco y respeto el derecho a no hacerla. Pero hay quien no tiene alternativa. Quien trabaja sin contrato, a merced del capricho de quien tiene la sartén por el mango y el mando. Porque no nos vamos a creer que en Espain hay tanto parado como sale en las estadísticas. Vamos, si hubiera tantos no estaríamos en huelga, estaríamos en guerra. Al turrón, que me disperso, como siempre. ¿Quien representa a todas las personas que trabajan en precario, que no se pueden permitir un día de huelga porque el tajo que te meten en el sueldo es como para morirse? ¿Quién representa al pobre o la pobre que trabaja por ETT? ¿Cómo va a hacer huelga si se arriesga a quedarse en la puta calle? Por más sea un derecho constitucionalmente reconocido.Está guay lo de huelguear. De verdad lo digo. Porque tienen razón. Tenemos razón. Nos estamos quedando con el culo al aire y encima nos están pasando una lija a ver si se saca algo. Pero mucha gente no es que ejerza el derecho a no hacer huelga, es que no pueden, es que las circunstancias no se lo permiten. Porque mañana se pueden encontrar con que a quien tiene la sartén por el mango y el mando le salga del mismísimo escroto ponerlos de patitas en la calle. Y entonces qué. ¿Quién va a dar de comer a sus hijos? ¿Quién le va a dar a pobre currito los euros que le cuesta ir a la huelga y que necesita obligatoriamente para pagar la hipoteca y no tener que tirarse por una ventana? ¿Quién piensa en los otros parias de la tierra? Ojo, y esta vez voy en serio. No estoy criticando a nada ni a nadie. Es sólo algo que me pregunto.A ver, yo muy sindicalista no soy, para qué nos vamos a engañar. Y la culpa no es de los sindicatos en general, sino de algunos sindicalistas en particular que conocí hace tiempo y que, mientras sus compañeros pagaban religiosamente sus cuotas y trabajaban un poco más para que ellos pudieran estar liberados, estos “compañeros” se dedicaban a mangonear, enchufando aquí y allá a sus hermanos, queridas, primos, cuñados y demás parentela. Y no quiero dar nombres, pero es acojonante que en el IMD haya interinos trabajando, mientras hay gente con la oposición ganada que las están pasando cardinas, porque ya ni sarna tienen para rascar. Se daban la gran vida a costa de los demás. Un gran ejemplo, sin duda. Suficiente para perder la fe. Yo es que no soy una mujer de mucha fe. Bueno, creo en Prada y en Chanel y, como mi amigo Juan pienso que si me das un collar de perlas moveré el mundo. Y sé que esto va a poner los pelos como escarpias a la gente políticamente correcta. Pero es que Prada y Chanel son predecibles y no traicionan. Y seguro que algún capullo hay entre sus filas, que de todo hay en la viña del señor, pero es que yo he tenido la mala, malísima suerte de encontrarme a mucho capullo sindicalista, pseudodefensor de los parias de la tierra pagando con las visas del sindicato comidas en Zalacaín- y no precisamente el aventurero.Yo estoy trabajando en huelga hoy. En huelga de mediocres y chorizos, sean del partido que sean. Mi sindicato es el que se asoma al balcón del patio interior: el de los otros parias de la tierra, la más famélica de todas las legiones.

vía LOS OTROS PARIAS DE LA TIERRA.